Agricultura
21/01/26
Aplicaciones de fin de ciclo en soja: el costo oculto de la pisada
Las aplicaciones de fungicidas de fin de ciclo son clave para sostener el rendimiento. Pero ¿qué costo tiene la pisada en aplicaciones terrestres?. Por Aapresid
En los últimos años, las discusiones sobre intervenciones tardías han cobrado un lugar central dentro del manejo sanitario del cultivo de soja. Estas buscan sostener el rendimiento frente al avance de enfermedades foliares que pueden acelerar la defoliación y comprometer el llenado de granos.
Sin embargo, junto con el beneficio potencial de la aplicación aparece un costo silencioso y muchas veces no contemplado: la pisada de la pulverizadora.
Estado de situación de las aplicaciones
Según el relevamiento de los mapas REM de aplicaciones, una parte mayoritaria de la superficie sojera del país recibe al menos una aplicación de fungicida. La práctica está lejos de ser inusual: se sostiene en el tiempo, se concentra en regiones con antecedentes sanitarios marcados y responde a una percepción técnica clara de necesidad.
En línea con esto, la tradicional encuesta REM a socios Aapresid muestra que más del 56% de los productores realizaron tratamientos fungicidas en soja en la última campaña y que casi el 75% de las aplicaciones se concentraron en los estadios R3 y R4. El patrón coincide con lo que se observa a campo: cultivos cerrados, alto nivel de intercepción lumínica, condiciones predisponentes y un momento del ciclo en el que todavía es posible sostener y proteger kilos.

La necesidad encuentra respaldo en datos epidemiológicos: patologías como mancha marrón (Septoria glycines), tizón morado de la hoja (Cercospora kikuchii) y mancha ojo de rana (Cercospora sojina), entre otras, están año a año presentes en amplias zonas productivas. Su prevalencia entre campañas responde a la interacción entre clima, rotación, variedades y manejo, pero en todas se observa una realidad común: la presión sanitaria existe.
En este punto, la oportunidad de la aplicación adquiere un rol central. Entrar antes, en estadios reproductivos tempranos, no solo suele mejorar la eficacia del fungicida desde el punto de vista epidemiológico, sino que también reduce el impacto relativo de la pisada. En cultivos que aún conservan capacidad de crecimiento y plasticidad, el daño mecánico puede ser parcialmente compensado mediante ramificación, redistribución de asimilados y recuperación del área foliar.
Además, aplicaciones oportunas permiten frenar el avance de la enfermedad antes de que se dispare la defoliación, sosteniendo el período crítico del cultivo. En ese sentido, anticiparse no es solo aplicar mejor, sino también pisar en un momento donde la soja tiene mayor margen de recuperación.
Pérdidas por aplicaciones con pulverizadora terrestre: cuánto pesa la pisada en la decisión
Según la encuesta REM, el 88,9% de las aplicaciones se realizan con pulverizadoras terrestres, es decir, con equipos que necesariamente transitan sobre el cultivo, haciendo imprescindible dimensionar el impacto real de esa pisada.

En este marco, estudios locales de Cavaglia, S. y colaboradores (UNR e INTA) aportan una de las cuantificaciones más sólidas y locales disponibles sobre el tema. El estudio evaluó 16 lotes de soja entre 2020 y 2022 en el sur de Santa Fe y norte de Buenos Aires, comparando sectores pisados y no pisados luego de aplicaciones realizadas en estadios R3–R4. Los resultados muestran que la pérdida promedio de rendimiento atribuible a la pisada fue del 2,4%, lo que equivale a 105 ± 21 kg/ha para los rendimientos obtenidos (4291±296 kg ha-1).

Más allá del valor promedio, el análisis permite entender cuándo y por qué ese porcentaje puede crecer o atenuarse. Las sojas de primera, con mayor potencial de rendimiento, fueron las que más kilos perdieron por pisada, mientras que las de segunda mostraron pérdidas menores.
Esto refuerza una idea clave: cuanto mayor es el techo productivo, mayor es también el costo potencial del daño mecánico, aun cuando el cultivo tenga mayor capacidad de compensación.
El distanciamiento entre hileras (35 o 52,5 cm) no modificó significativamente las pérdidas, aunque sí influyó en el rendimiento total del cultivo. En cambio, el ancho de botalón apareció como un factor decisivo: equipos con barras más anchas requirieron menos pasadas y, por lo tanto, redujeron la superficie afectada por el tránsito.
La dirección de avance (a favor o cruzada) tampoco mostró diferencias claras, lo que refuerza que variables como el manejo del equipo, el guiado satelital y las condiciones de transitabilidad explican mejor el daño que la orientación de la pasada.
¿Y si optamos por aplicación área?
En este contexto, la aplicación aérea entra en juego, especialmente en cultivos muy cerrados o en condiciones de baja transitabilidad.
Y es aquí donde entra en juego otro factor: la calidad de aplicación. La aplicación terrestre suele lograr mayor penetración en el canopeo y mayor número de impactos en el tercio medio del cultivo, especialmente cuando se ajustan correctamente volumen, pastillas y condiciones ambientales.
Al utilizar volúmenes mayores, puede lograr mayor número de impactos totales, especialmente en estratos superiores del canopeo, respecto de la aplicación aérea.
Sin embargo, al analizar la distribución efectiva de la dosis en los estratos donde se inician los síntomas, la aplicación aérea puede presentar una mayor proporción de activo depositado en esos niveles, asociada a gotas de menor tamaño y mayor uniformidad. Este aspecto resulta clave desde una mirada epidemiológica, ya que las enfermedades de fin de ciclo suelen iniciar allí su desarrollo.
Estos estudios refuerzan la idea de que la calidad de aplicación no depende únicamente del volumen utilizado ni del número de gotas, sino de cómo se distribuye la dosis en el cultivo. Al integrar este aspecto con el impacto mecánico de la pisada, especialmente en cultivos cerrados y de alto potencial, la comparación entre tecnologías deja de ser absoluta y pasa a depender del contexto productivo, sanitario y operativo.
Claves para decidir una aplicación de fin de ciclo en soja
Antes de entrar al lote, algunas preguntas ayudan a ordenar la decisión:
¿Hay presión sanitaria real?
Presencia de enfermedades, ambiente predisponente y riesgo de defoliación anticipada.
¿En qué estadio está el cultivo?
Aplicaciones oportunas en R2–R3 suelen mejorar la eficacia del fungicida y permiten mayor capacidad de compensación frente a la pisada.
¿Cuál es el potencial de rendimiento?
En cultivos bien posicionados, la respuesta al fungicida puede compensar ampliamente una pérdida del 2–3% por pisada. En cultivos que vienen limitados, la aplicación muchas veces sigue siendo prioritaria desde lo sanitario.
¿Qué tecnología de aplicación voy a usar?
En equipos terrestres contemplar el ancho de botalón, guiado satelital, estado del lote y calidad operativa influyen directamente sobre la superficie pisada. La llegada efectiva del activo debe evaluarse cuidadosamente.
¿Cómo asegurar calidad en aplicaciones aéreas?
En cultivos muy cerrados o con baja transitabilidad, la alternativa aérea puede ser la más razonable, siempre que se exija y monitoree la calidad del trabajo realizado.
La decisión no está en “aplicar” o “no aplicar” sino en elegir el momento y la tecnología que mejor equilibran sanidad, rendimiento y costo operativo.
En definitiva, la pisada deja de ser un costo abstracto para convertirse en un dato agronómico concreto. Contar con mediciones locales permite salir del supuesto y tomar decisiones más informadas, integrando sanidad, tecnología y ambiente. En un cultivo donde la diferencia entre buenas y malas decisiones puede medirse en cientos de kilos, ponerle números a la pisada es un paso clave hacia un manejo sanitario más eficiente y alineado con la mirada sistémica.
Por Aapresid
Compartir