Santiago Giubergia, el soldador que impulsó la mecanización agrícola en el sur santafesino
A principios de 1940, Giubergia incursionó en la modificación de cosechadoras importadas para mecanizarlas. A mediados de esa década, comenzó a fabricar los equipos propios. En su apogeo, la fábrica llegó a tener hasta 400 empleados.
El 5 de abril de 1902, en la localidad cordobesa de Oliva, nació Santiago Giubergia, el hombre que revolucionó el mundo de las cosechadoras en el corazón de la pampa húmeda. Su fallecimiento se produjo en un accidente el 1 de marzo de 1965.
Sin haber siquiera cursado la escuela primaria, este soldador comenzó en Venado Tuerto una industria que incorporó la mecánica a las viejas cosechadoras de tiro, constituyéndose en uno de los primeros impulsores de la mecanización agrícola en el sur santafesino.

José María Barrale, autor del libro “Reinas Mecánicas II», describió que hasta el año 1933 Santiago estuvo radicado en Río IV (provincia de Córdoba). Era un experto soldador, de hecho, el tanque de agua de la ciudad de Río IV habría sido soldado por él cuando trabajaba para Obras Sanitarias y Aguas Corrientes de Córdoba.
A fines de abril de 1932, decidió emprender viaje en un tren de carga con su esposa y su pequeña hija de cinco años: “A los 25 años decidió partir en busca de nuevos horizontes y el tren en que viajaban paró en Venado Tuerto. Como se avecinaba el feriado (1 de mayo), el tren no viajaba y entonces salió a recorrer el pueblo”.
Durante el paseo se cruzó con un vecino (Antonio Carletti) con el que se puso a conversar y le contó sobre su profesión, y el hombre lo convenció para que se quedara en Venado Tuerto “que ahí realmente se le avecinaba un buen futuro como soldador. Era todo muy incipiente. Estaba todo por hacerse”, relata el escritor.

Primero comenzó a trabajar en un pequeño taller de herrería, donde se dedicaban a “picar las rejas de arados. Les daban con un martinete y la estiraban con el martillo. Era un trabajo artesanal, un trabajo de locos, hasta que en un momento surge la idea de hacer la reforma de una cosechadora”.
Don Santiago montó su primer taller con su cuñado y con cuatro o cinco colaboradores que fabricaban recolectores para trigo, lino y legumbres, y comenzaron a incursionar en las cosechadoras.
El trabajo consistía en modificar viejos equipos importados, que venían con otra capacidad de cosecha y “les alargaban el sistema de trilla, porque los rindes eran diferentes por las dimensiones de los campos y las características de los suelos”. Corría el año 1942.
Fabricante de cosechadoras

Dado este primer paso surgió la inquietud de fabricar una cosechadora mecánica. Ya asentado definitivamente en Venado Tuerto, Giubergia se convirtió en agente de la firma John Deere, y al mismo tiempo inició la fabricación de las primeras cosechadoras propias en 1945.
El 1 de julio de 1946 se conformó la sociedad comercial Giubergia SRL, fundada por Santiago junto a su esposa Josefa Piatti, Antonio Baravalle, Luis Scaraffía (padre e hijo), Luis Cubero, José Saina, Alfredo Dibenedetti, Agustín y Domingo Giubergia, Eusebio Oro, Hugo, Elio y Rubén Bin, Pedro Moyano, Pedro Pierucio, Cristófaro y Martín Justo Aldasoro.
En el año 1951 construyeron 57 cosechadoras, 185 aparatos girasoleros adaptables a las plataformas de las cosechadoras y 70 recolectores para trigo, lino y legumbres.
“Sacaron muchísimos modelos que, medianamente, competían con las de nivel nacional. No debemos olvidar que en ese momento el furor era la fabricación de equipos, por la gran necesidad de maquinaria que tenía el campo. Argentina llega a tener, en funcionalidad o en creación, más de 50 marcas o fábricas de cosechadoras. Los pueblos se nutrían de las fábricas, y eso hacía que se abrieran caminos y se poblaran campos, que se nutrían de los pueblos”, detalló Barone, nostálgico de un pasado floreciente.
Para el investigador, aquél era “otro país en el que estaba todo por hacerse. Había más entusiasmo, más trabajo. No era un problema salir de una fábrica porque había otra que te absorbía. Hoy te quedas sin trabajo y se te termina la vida”, se lamentó.
El autor de Reinas Mecánicas también puso en valor el amor por la empresa que sentían los trabajadores: “Hablé con muchos obreros de esa época, y los ojos no mienten, ahí te das cuenta del amor que ellos sentían por la fábrica. Hoy hablan con mucha nostalgia de un tiempo que pasó y lamentablemente no va a volver”.

En su momento de mayor auge, antes de su desaparición a mediados de la década del 80’, la firma Giubergia llegó a tener más de 400 empleados en forma directa.
En 1957 la empresa adquirió un predio de 28 hectáreas, lindante con la Ruta 8, donde se construyó un galpón de 14.484 metros cuadrados, mientras que la oficina de administración y ventas seguía estando en el centro de la ciudad.
Fue tal la dimensión de la firma que, a pesar del auge de la agroindustria del momento, llegó a exportar varios modelos de sus cosechadoras a Chile.
A modo de conclusión vale citar las palabras con que definió el escritor a la fábrica venadense: “Giubergia fue una maravilla técnica realmente creada con proyección de futuro. Giubergia fue una industria para el orgullo de la agricultura argentina”.
Por Pablo Salinas
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