El alquimista del acero: Cristian Gentiletti y el arte de forjar historias en Damasco
En el sur santafesino este artesano del acero elabora distintas piezas de cuchillería criolla que, además de comercializarse en el mercado local, llegaron a destinos tan diversos como Alemania, Italia, España, Finlandia y Estados Unidos, entre otros.
Desde el pequeño pueblo de Gödeken, en el sur santafesino, Cristian Gentiletti, transforma el metal en piezas de culto que viajan por el mundo. Su taller es hoy una escuela donde el fuego y la precisión rescatan una técnica milenaria.
El destino de este artesano cambió para siempre en 2012, entre los pasillos de la Muestra Anual de Cuchillería (MAC) en Buenos Aires. Entró al Hotel Bauen decidido a comprar cuchillos y salió transformado por una obsesión: aprender a fabricarlos.

Aunque su padre le había contagiado desde la infancia la admiración por el diseño del cuchillo criollo antiguo, Cristian nunca antes había empuñado las herramientas para dar forma al metal. Aquella fascinación lo llevó a buscar a los grandes maestros de la disciplina, iniciando un camino de formación con Mariano Gugliotta y Mauricio Daletzky.
“Hice cuatro cursos en el transcurso de un año. Siempre tuve conocimiento del tema de la cuchillería, de cuchillos, de la forma del cuchillo criollo, de cómo era el cuchillo criollo antiguo, porque mi viejo me lo inculcaba, pero nunca tuve conocimiento para hacer uno, inclusive mi primer cuchillo lo hice a los 11 años”, cuenta mientras muestra orgulloso la pieza que todavía conserva para recordar sus orígenes.
Cuanto más se adentraba en este arte, más capacitaciones buscaba. Así estuvo durante cuatro años cursando con Daletzky, con clases que se brindaban una vez al mes, durante diez meses.

Lo que comenzó en una antigua casita de campo “una marlera, como se le decía acá en el campo, para guardar leña”, se convirtió en un taller con todo tipo de herramientas y en un estilo de vida que, desde 2019, es su profesión exclusiva. Un dato no menor: el precio de estas obras de arte, va de 250 a mil dólares cada una.
Con el crecimiento del taller vinieron los cursos que Gentiletti comenzó a dictar hace ocho años, mientras que ya lleva 14 fabricando piezas de cuchillería criolla que comercializa en el mercado local e internacional
Hojaldre de metal
Gentiletti se especializa en el acero de Damasco, una técnica cuyos orígenes se remontan a la época de las Cruzadas y a los tiempos de Jesús. «Es un acero con 2000 años de historia», explica el artesano, evocando aquellas espadas que los europeos llamaban ‘overas’ por las características vetas en sus hojas. Aquella flexibilidad y capacidad de corte superior se lograban amasando el metal al fuego.

“Era un acero que se hacía en un crisol, unas pastillas que llegaban de la India, y en Turquía lo empezaban a amasar. Se calentaba y se doblaba sobre su propia forma, sobre su propio eje, y por caldeo, que es llegar arriba de 1250 grados, se une el acero. Ahí se empezaba a amasar y se hacía más homogéneo, entonces quedaba como un hojaldre, había capas blandas y capas duras”, describe con pedagogía docente.
Hoy, en su taller santafesino, Cristian recrea esa alquimia combinando láminas de acero al carbono 1070 con acero al níquel importado de Austria.
El proceso es un ritual de precisión extrema. Se intercalan láminas en un patrón numérico (3-1-3-1-3-1). Luego el bloque se suelda y se calienta a 1250 grados centígrados. Posteriormente se agrega el bórax, fundente químico que elimina el oxígeno para evitar la oxidación entre capas.
El bloque inicial de 21 a 23 capas se dobla y apila sucesivamente hasta superar las 60 capas. El resultado visual es un dibujo único en la hoja, un patrón que Gentiletti domina a través de técnicas complejas como el Damasco Torsionado, Turco, Lader, W, Pluma y Pluma Ondulado.
De Gódeken al mundo
La calidad de las piezas de Gentiletti ha cruzado todas las fronteras imaginables. Sus cuchillos no solo residen en colecciones de Argentina, sino que han sido exportados a Alemania, Italia, España, Finlandia, Estados Unidos, Ecuador y México.
Entre sus clientes más destacados figuran personalidades de gran renombre, como el reconocido escritor español J.J. Benítez y el empresario Roberto Villavicencio, fundador y ex presidente del Grupo Oroño.

Cada pieza es una obra de arte integral: además de forjar la hoja, Cristian diseña y fabrica los cabos de madera tratada con aceites y las vainas mediante minuciosas técnicas de talabartería y moldeado de cuero.
“Hago los cabos y las vainas, y también enseño eso en los cursos, el trabajo con madera para las vainas, a tratar las maderas con aceite, a darle forma y lustre, y con el cuero también, todo lo que es técnica de talabartería a la medida del cuchillo”, explica.
Escuela de forjadores

Desde hace ocho años, el taller de Cristian funciona también como un espacio de transmisión cultural. “Tengo armado un plan de estudio para que el alumno, mientras va evolucionando, vaya aplicando técnicas nuevas y perfeccionando las que ya aprendió. El plan de estudio está diseñado tanto para principiantes como para forjadores experimentados. Los alumnos inician su camino con un monoacero de fácil forjado para asimilar la geometría criolla, antes de avanzar hacia la complejidad del Damasco”, detalló el artesano.
Lo cierto, es que aquel joven que alguna vez limpió una leñera para colocar su primer yunque en un pequeño poblado del sur santafesino, hoy exporta arte e instruye a nuevas generaciones, demostrando que el fuego de la tradición sigue más vivo que nunca en el corazón de la pampa húmeda.
Por Pablo Salinas
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