Alambrados, payadas y remates: La historia de un hombre que convirtió sus sueños en oficio

Alambrados, payadas y remates: La historia de un hombre que convirtió sus sueños en oficio

Nacido en Rauch, provincia de Buenos Aires, Carlos Sferra empezó a los 13 años alambrando junto a su padre en Ayacucho. Hoy conduce sus propios remates. Entre la payada, los escenarios y el amor por las tradiciones criollas construyó una historia marcada por el esfuerzo y la perseverancia.

La historia de Carlos Sferra está atravesada por el campo y por una forma de vida en la que el trabajo, la palabra y las tradiciones criollas fueron marcando cada una de sus etapas. Oriundo de Rauch, en el corazón de la provincia de Buenos Aires, comenzó su recorrido laboral junto a su padre como alambrador, uno de esos oficios rurales que durante generaciones resultaron fundamentales para organizar y sostener los establecimientos productivos.

Su infancia transcurrió en el campo, donde completó sus primeros estudios antes de comenzar, siendo todavía un adolescente. “Terminé la escuela primaria en el campo, hacía dos leguas de caballo de ida y dos leguas de vuelta… estábamos a dos leguas, cuartel sexto, y bueno, termino la escuela primaria, nos fuimos a Ayacucho. Mi viejo me lleva a mí, 13 años tenía. Así que hasta los 19 años estuve alambrando”, recuerda.

Fueron años de una vida austera y exigente, que describe con imágenes que todavía conserva intactas: “Nos criamos o por lo menos hicimos los primeros años alambrando en una casilla que se paraba al lado de un molino generalmente porque tenías agua. En invierno se escarchaban los bidones adentro por las heladas, en alguna carpa por ahí nos quedábamos”. Durante semanas permanecían en plena zona rural, siguiendo el avance del trabajo: “Estábamos 20 días en la línea donde se alambraba, y el fin de semana si se podía se iba para el pueblo. Y después el lunes temprano regresamos a alambrar”. Tenía apenas 13 años cuando comenzó aquella rutina: “Muy menudito, me fui acostumbrando a ese trabajo que me gustaba mucho, pero que es uno de los trabajos más sacrificados y después con el tiempo te pasa factura con el tema de la cintura y demás”, relata.

La payada fue, además, el terreno en el que Sferra comenzó a transformar en realidad aquellos sueños que imaginaba desde muy joven. Su recorrido por escenarios como el Luna Park y el Teatro Ópera, y la posibilidad de compartir una presentación con Nelly Omar, terminaron confirmando una idea que atraviesa su historia: ponerse metas y avanzar a pesar de los obstáculos. “Uno tiene que marcarse metas y en la vida hay inconvenientes, porque la vida es así. Cada uno tiene que saltar esos obstáculos, estos inconvenientes, cada uno se tiene que proponer sus cosas”, cuenta a Expoagro.

Recuerda que mientras trabajaba como alambrador ya se imaginaba otro futuro: “Yo siempre pensaba cuando arranqué a improvisar que iba a estar en un escenario grande, que todos me aplaudían, que todos, qué sé yo, se ponían de pie para aplaudirme, pero no era por ego ni nada por el estilo, sino que es proponerse cosas”, analiza. Y agrega un mensaje que resume su propia trayectoria: “Nunca bajen los brazos. Si alguien piensa: no, porque ya tengo esta edad, no puedo hacer nada… no es así, se debe seguir. Yo a los 37 años hice la secundaria, a los 44 la facultad”, remarca orgulloso.

Con el tiempo, aquel joven alambrador y payador también encontró su lugar detrás del martillo. Hoy realiza remates generales de bienes muebles e inmuebles y, cada segundo sábado del mes, organiza una subasta en su propio salón de ventas. Hay un ritual que sintetiza buena parte de su historia y de la manera en que entiende esta profesión: “Arrancó el primer remate con un cencerro el 12 de febrero del 2022. El primer lote que hice fue un cencerro, porque yo digo que el cencerro, estos cencerros de bronce que llevan las yeguas madrinas en el cogote, amadrinan a todos los caballos, a los ahijados. Las madrinas llevan un cencerro”.

La elección no fue casual: “Entonces el primer lote que rematé fue un cencerro porque quería simbolizar eso: amadrinar a la gente para traerlos y tenerlos conmigo, a los clientes y a los remitentes, pero también a los sueños y a las metas”. Desde entonces convirtió aquel gesto en una tradición: “Así que cada remate que hago, arrancó con un cencerro. Siempre es una costumbre y la gente ya sabe que el que quiere comprar un cencerro tiene que ir temprano al remate, arrancó 9:30 porque es el primer lote con el que arrancó”, cuenta.

Entre el recuerdo de los años a la intemperie y los escenarios donde encontró su vocación, Sferra construyó un camino atravesado por la constancia. Hoy, cada remate que encabeza es también una forma de honrar esa historia: la del joven alambrador que, sin bajar nunca los brazos, transformó el esfuerzo del campo en una vida dedicada a la palabra, la tradición y el oficio.

Por Marizú Olivera Orquera.

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