Agricultura

20/10/26

La soberanía alimentaria como derecho fundamental

El pasado 16 de octubre, se conmemoró la fundación en 1945 de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), fecha celebrada globalmente como el Día Mundial de la Alimentación. Simultáneamente, desde 1996, La Vía Campesina, movimiento social internacional que coordina a millones de pequeños y medianos agricultores, campesinos, personas sin tierra, pueblos indígenas, mujeres rurales, jóvenes y trabajadores agrícolas de todo el mundo, conmemora el Día Internacional de Acción por la Soberanía Alimentaria. Por Enrique O. Abeyá Gilardon  Profesor adjunto de posgrado en Nutrición Humana, Facultad de Ciencias Médicas, UNLP.

Esta coincidencia de fechas evidencia una disputa profunda. Tradicionalmente, los organismos internacionales han abordado el debate desde el concepto de “seguridad alimentaria”, centrado en garantizar la disponibilidad cuantitativa de alimentos, independientemente de su origen o de su forma de producción. Sin embargo, frente a las crisis climáticas, la pandemia COVID-19, de malnutrición con sobrepeso y obesidad, y de pérdida de biodiversidad, este enfoque resulta insuficiente. Surge así la soberanía alimentaria como un paradigma político, social, económico y ecológico que sostiene que los alimentos no son simples mercancías para la especulación financiera, sino un pilar fundamental de la vida, la cultura y la autonomía de los pueblos.

La soberanía alimentaria nace como una respuesta crítica al modelo agroindustrial dominante, que prioriza la producción masiva y el monocultivo. La expansión de cultivos transgénicos y el uso intensivo de agrotóxicos han provocado daños irreparables a la biodiversidad, los suelos y las fuentes de agua, desplazando a comunidades campesinas y pueblos originarios que históricamente han sido guardianes de las semillas nativas.

La globalización alimentaria ha impuesto una dieta homogénea basada en unos pocos cultivos industriales. Cuando un pueblo pierde su cocina tradicional y sus métodos ancestrales de cultivo, pierde también su autonomía, su memoria y su salud. Para que el derecho a la alimentación sea pleno, no basta con saciar el hambre: los alimentos deben ser nutritivos, accesibles y culturalmente adecuados.

En la acera opuesta a la soberanía se encuentra el agronegocio corporativo y la proliferación masiva de alimentos ultraprocesados. Estos productos no son comida real (Claude Fischler los llamó OCNI, objeto comestible no identificado), sino formulaciones elaboradas a partir de sustancias derivadas de alimentos (grasas, azúcares, sal) combinadas con aditivos sintéticos para volverlas hiperpalatables y adictivas.

El daño a la salud pública generado por los ultraprocesados está ampliamente documentado por la ciencia en los últimos años: su consumo desplaza las dietas basadas en alimentos frescos y tradicionales, lo que promueve un aumento sostenido de enfermedades crónicas no transmisibles como la obesidad, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares. Consumir ultraprocesados es la consecuencia directa de un sistema que ha privatizado el derecho a una alimentación sana y ha transformado la nutrición en un negocio de la enfermedad.

Cuando pensamos en soberanía alimentaria, solemos imaginar campos cultivados o mercados de alimentos; sin embargo, es en el propio cuerpo humano donde ésta se constituye. La lactancia humana es el primer sistema alimentario natural y esencial de nuestra especie y un paradigma de la soberanía alimentaria.

El avance del uso de fórmulas comerciales infantiles en reemplazo de la lactancia humana, el uso de combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas), el agronegocio de monocultivo intensivo y la elaboración de alimentos ultraprocesados generan una alta emisión de gases de efecto invernadero, que sumada a la deforestación por intereses inmobiliarios o agronegocios, deteriora el ambiente, promueve el cambio climático y pone en crisis la sostenibilidad del sistema alimentario.

La lactancia humana, como acto biocultural, representa la máxima expresión de autonomía, apego y sustentabilidad, además de su centralidad en la constitución de nuestra especie y de sus profundas raíces en su evolución.

Nutrición adecuada: Aporta fisiológicamente un tejido vivo con todos los macro y micronutrientes, principios bioactivos y células, en un microbioma adecuado, para una salud y nutrición con crecimiento y desarrollo óptimos.

Huella ecológica cero: No requiere envases plásticos, procesos industriales, transporte a larga distancia ni emisiones de gases de efecto invernadero.

Desplazamiento del alimento como mercancía sujeta al mercado: Al ser un recurso natural y gratuito, desafía los intereses de la industria de las fórmulas infantiles comerciales.

Proteger, promover y apoyar la lactancia humana es una acción de soberanía alimentaria constitutiva que contribuye a un comienzo de vida saludable y equitativo y constituye una estrategia de cuidado del planeta.

En este Día Mundial de la Alimentación, el llamado universitario y civil debe ser claro: no podemos solucionar la policrisis de la pandemia, la obesidad y la malnutrición, la pérdida de biodiversidad, el deterioro del ambiente y el cambio climático con las mismas herramientas industriales que las crearon. El modelo de alimentación actual nos enferma, homogeniza nuestras culturas y devasta la Tierra.

La soberanía alimentaria nos invita a construir una alternativa a escala humana, comunitaria y ecológica. Desde el pecho materno que nutre al recién nacido hasta las manos campesinas que labran la tierra sin venenos, cada eslabón importa. Es hora de recuperar el control de nuestras semillas, de nuestras mesas y de nuestra salud: comer es, ante todo, un acto político y un compromiso con la vida.

Autor: Enrique O. Abeyá Gilardon  Profesor adjunto de posgrado en Nutrición Humana, Facultad de Ciencias Médicas, UNLP.

Fuente Universidad Nacional de La Plata

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